La globalización es difícilmente un fenómeno reciente. Es casi tan vieja como la misma historia escrita, y su defensa está entre las primeras filosofías políticas coherentemente articuladas del mundo Occidental (al menos). Alrededor del año 420 AC, el filósofo Demócrito de Abdera escribió, “Para un hombre sabio, toda la Tierra está abierta; pues la patria de un buen espíritu es toda la Tierra”.
El comercio internacional ha sido identificado desde hace mucho tiempo con la civilización en sí misma. En el libro noveno de la
Odisea, Homero presenta a los cíclopes como salvajes precisamente porque no comercian ni tienen contactos con otros:
Los Cíclopes no poseen naves con proas carmesíes, no hay carpinteros ahí para construirlas en buenas condiciones que pudieran navegarlos a puertos extranjeros de escalaasí como la mayoría de los hombres se arriesgan a los mares para comerciar con otros hombres.
Por supuesto, dichas actitudes no se limitaban a los griegos. El Emperador de la dinastía Song, Gao Zong (1127-1162), explicó en una defensa del comercio que “las ganancias del comercio marítimo son muchas. Si se administran adecuadamente, pueden sumar millones [de alforjas de monedas]. ¿No es mejor esto que imponer tributos sobre el pueblo?” Los habitantes de la capital Song, Hanzhou, tenían la fama de decir: “vegetales del este, agua del oeste, madera del sur, y arroz del norte”.
Para comprender que el debate actual sobre la globalización y la cultura difícilmente es nuevo, contrastemos varias descripciones de la globalización a través del comercio que fueron escritas, no en el siglo XXI, sino en el siglo XVIII. El dramaturgo y figura literaria inglesa Joseph Addison publicó un relato de sus experiencias con la globalización en
TheSpectator en el año 1711. Ahí describió sus frecuentes visitas al Royal Exchange en Londres:
“Los factores [agentes comerciales] en el mundo comercial son lo que los embajadores en el mundo político; negocian asuntos, concluyen tratados, y mantienen buena correspondencia entre esas abundantes sociedades de hombres que están divididas unas de otras por los mares y océanos, o viven en diferentes extremidades de un continente. He tenido la dicha a menudo de escuchar disputas ser saldadas entre un habitante de Japón y un concejal de Londres, o ver a un súbdito del Gran Mogol entrar en una alianza con uno del Zar de Moscovia. Estoy infinitamente encantado de mezclarme con estos diversos ministros de comercio, así como éstos se distinguen por sus caminados diferentes y lenguas diferentes: Hay veces que soy empujado dentro de un grupo de armenios: Hay veces que me pierdo en una multitud de judíos; y hay veces en una muchedumbre de holandeses. Yo soy danés, sueco, o francés dependiendo del momento, o prefiero imaginarme a mí mismo como el viejo filósofo, quien al ser cuestionado sobre su nacionalidad, respondió, que él era un ciudadano del mundo”.
La segunda fue escrita por una figura literaria francesa y defensor político llamado François-Marie Arouet, conocido por la mayoría de nosotros como Voltaire, en sus
Cartas Filosóficas. Además de popularizar y promover la innovación de la inoculación contra la viruela (lo cual es un proceso bastante asqueroso cuando uno piensa en ello, pero que ha salvado millones de vidas), él le describió a su audiencia francesa el excitante, cosmopolita, y comparativamente tolerante y liberal mundo de Inglaterra. De nuevo, fue la bolsa de valores la que captó su atención, tal y como lo describe en su Sexta Carta:
“Ve a la Bolsa en Londres, ese lugar más venerable que muchas cortes, y verás representantes de todas las naciones reunidos allí para beneficio de la humanidad. Ahí el judío, el mahometano, y el cristiano negocian uno con otro como si pertenecieran a la misma religión, y se guardan el nombre de infiel para aquellos que caen en la bancarrota. Allí el presbiteriano confía en el anabaptista, y el hombre de la Iglesia de Inglaterra acepta la promesa del cuáquero. Al abandonar estas asambleas apacibles y libres, algunos van a la sinagoga, otros en busca de un trago; este hombre va camino a ser bautizado en una gran tina en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo; ese hombre lleva su hijo a que lo circunciden, y una fórmula hebrea es mascullada sobre el niño sin que éste pueda hacer nada; estos otros van a la iglesia a esperar la inspiración de Dios con sus sombreros puestos; y todos están satisfechos”.
En su Décima Carta, Voltaire comentó sobre la sorprendente igualdad legal y social que disfrutaban los ingleses—la cual juzgaríamos bastante imperfecta bajo los estándares de nuestro tiempo, pero que muchos en ese tiempo consideraban verdaderamente escandaloso—y contrastó a la sociedad inglesa abierta, dinámica y comercial que había observado, con el mayor respeto hacia la autoridad de su Francia natal:
“En Francia cualquiera que quiera ser un marqués lo puede ser, y cualquiera que llegue a París de las partes más remotas de alguna provincia con dinero para gastar y con un ac o un ille al final de su apellido, podría darse el gusto con frases tales como ‘un hombre de mi clase’, ‘un hombre de mi rango y calidad’, y con ojo soberano mirar despectivamente a un mayorista. El mismo comerciante escucha tan a menudo comentarios desdeñosos sobre su profesión que es lo suficientemente tonto como para ruborizarse. Aún así, no sé cuál le es más útil al Estado, un poderoso noble que sabe exactamente a qué hora se levanta el rey por las mañanas y a qué hora va a la cama, y quien se da a sí mismo aires de grandeza al tiempo que juega el papel de esclavo en la antecámara de un ministro, o un gran comerciante que enriquece a su país, envía encargos desde su oficina a Surat y a El Cairo, y contribuye al bienestar del mundo”.
Addison y Voltaire celebraron la apertura, el dinamismo, la libertad y el progreso que asociaron con la globalización. Aún más importante, celebraron lo que llegó a ser conocido como los derechos del hombre, o lo que llamaríamos hoy en día derechos humanos. Ellos anticiparon la difusión universal de los principios de libertad, tolerancia, e igualdad de derechos.
No todos veían de la misma manera los efectos del comercio. Muchos se horrorizaban por tal movilidad social, tal caos, tal mezcla inmoral de clases, religiones, y—¡qué horror!—de sexos. Un crítico particularmente influyente de la globalización comercial fue el escritor y hombre insigne Justus Möser, una destacada figura política e intelectual en la ciudad independiente de Osnabrück, situada no muy lejos de los Países Bajos. Möser no fue simplemente uno de los críticos más influyentes de la globalización en el siglo XVIII, sus ideas influenciarían a todos los grandes enemigos de la globalización en los años venideros, y aún en la actualidad. A diferencia de Addison y Voltaire, Möser condenaba al comercio, a los mercaderes, a los vendedores, y a los judíos. Hizo campaña contra las personas que llevaban bienes al campo y corrompían los “principios buenos” y sencillos de los campesinos al tentarlos con bienes nuevos y placeres antes desconocidos, lo cual los exponía a nuevas ideas y, por lo tanto, socavaba su cultura, el estilo de vida al que estaban acostumbrados. Es así como escribió:
“Nuestros ancestros no toleraban estos tenderos rurales; ellos prescindían de las libertades de mercado; ellos prohibieron a los judíos en nuestra diócesis; ¿por qué el rigor? Ciertamente con el fin de que los habitantes del campo no fueran estimulados, tentados, llevados por mal camino, y engañados diariamente. Ellos se apegaban a la regla práctica de que aquel a quien uno no ve no lo lleva por mal camino”.
El comercio, pensaba él, socava los principios tradicionales, que él identificaba como buenos principios.
Sin embargo, Möser no solo se preocupaba por la moralidad dentro de un orden político, sino también por los efectos de la difusión de principios universales en la diversidad de órdenes políticos alrededor del planeta. En 1772 se lamentó de la propagación de la idea de los derechos humanos universales, al escribir que esas ideas de derechos iguales y universales “se alejan del verdadero plan de la naturaleza, que revela su riqueza a través de la multiplicidad, y despejan el camino al despotismo, el cual busca coaccionar a todos de acuerdo a unas pocas reglas, perdiendo así la riqueza que acompaña a la diversidad.
Cuando Möser escribió acerca de la diversidad, no se refería a la diversidad de bienes en el mercado, o incluso a la diversidad de experiencias que la gente podría tener en sociedades comerciales abiertas, sino más bien a la diversidad de regímenes y sistemas políticos, la mayoría de los cuales eran por necesidad altamente represivos y fundamentados en la desigualdad política y legal. Después de todo, la igualdad es única, mientras que existe una amplia gama de posibles formas y sistemas de desigualdad.
Möser y sus seguidores modernos sugieren (o incluso insisten) que la libertad de comerciar y viajar hará que todo el mundo sea homogéneo, carente de diversidad, y por ende más pobre. Conforme las sociedades interactúan más, afirman ellos, se vuelven más similares, y en el proceso la experiencia humana de diversidad disminuye, y con ésta hay una pérdida neta de algo de valor. La crítica de Möser al comercio ha resucitado, y se ha convertido en una forma de ataque importante del movimiento anti-globalización. La única gran diferencia es que los anti-globalizadores ahora se concentran típicamente en grandes estados-nación (Francia, Alemania, Brasil, Japón, México) como el locus de lo que Möser llamaba “multiplicidad”, en lugar de pequeñas regiones o ciudades como Osnabrück, a las cuales Möser buscaba proteger de la influencia de comerciar con lugares exóticos como Hamburgo, Ámsterdam y Colonia.
Identidad cultural
Una objeción común contra la globalización sostiene que ésta erosiona la autenticidad cultural, o incluso que diluye la pureza de una cultura dada. Por ejemplo, los autores del informe
Alternativas a la Globalización Económica afirman que “Los logotipos comerciales reemplazan a las culturas locales auténticas como la fuente primaria de identidad personal”.
Manfred Steger desprecia la “McDonalización” y asegura que “En el largo plazo, la McDonalización del mundo equivale a la imposición de estándares uniformes que eclipsan la creatividad humana y deshumanizan las relaciones sociales”.
Maude Barlow, del “Consejo de los Canadienses”, alega que “Los gobiernos y pueblos alrededor del mundo están cada vez más preocupados por una homogenización cultural global dominada por los valores y estilos de vida estadounidenses y Occidentales que son representados a través del enorme complejo industrial del entretenimiento de Estados Unidos”. Barlow se manifiesta a favor de una “Convención sobre la Diversidad Cultural” internacional que “reconocería la importancia de todas las naciones y pueblos a mantener la diversidad cultural”. Es importante mencionar que ésta requeriría no de abogados para su interpretación, sino de “expertos culturales” (aunque nunca aclara quiénes podrían ser esas personas):
“Los cuestionamientos y las disputas bajo la nueva carta serían juzgados por expertos culturales, no burócratas comerciales. El instrumento tendría que ser auto-definido: lo que constituye un tema de importancia cultural para una nación no podría serlo para otra. Debe permitirse que estas definiciones varíen con el tiempo ya que no podemos saber hoy qué forma tomará la expresión cultural en el futuro”.
Tales cuestionamientos radican en la confusión sobre la naturaleza de la cultura (los cuestionamientos sobre pureza y autenticidad), en la confusión sobre la naturaleza de la identidad personal, y en una teoría política que es parasítica en teorías liberales cosmopolitas de derechos y justicia (la insistencia en el “consentimiento libre e informado” es frecuente) y a la vez altamente autoritaria y elitista (los “expertos culturales” son los que deciden lo que otros pueden producir o consumir).